A tan sólo tres días de haber cumplido 40 años de edad, José Antonio Ramos Sucre no quiso seguir viviendo en este mundo. De ese adiós prematuro que significó su muerte, se cumplen el próximo miércoles 13 de junio, 82 años exactos.
Sin embargo, ni el paso inexorable del tiempo ha podido borrar del imaginario poético nacional, la impronta que legó este abogado, educador, diplomático y sobre todo, poeta venezolano.
Su obra poética no fue reconocida en su tiempo, pero desde los años 70 es un plato obligado de tirios y troyanos, de eruditos y recién llegados al mundo de la literatura, especialmente porque Ramos Sucre hizo innovaciones exquisitas en el campo de la poesía, al ser uno de los primeros venezolanos en cultivar el poema en prosa, así como el uso de varias voces poéticas en lugar del "yo" único e inmutable.
Por eso es que todavía en este siglo XXI, Ramos Sucre sigue ejerciendo esa seducción desmedida sobre quien se aproxima a su obra, que está conformada por cuatro libros y un montón de cartas escritas en las horas más desesperadas de su corta existencia, como consecuencia del insomnio que invadió su cuerpo desde muy joven y que fuese el motivo por lo que abandonó Venezuela y se fue hasta Ginebra, Suiza, donde ejerció funciones diplomáticas. Allí con su soledad perenne aprovechó y se internó en un hospital psiquiátrico en búsqueda de la cura contra su enfermedad. Fue en vano, nunca llegó el alivio, por lo que prefirió la otra cura, que fue mas inmediata, pero mortal.
Un oriental
José Antonio Ramos Sucre nació en Cumaná, estado Sucre, el 9 de junio de 1890, hijo de Jerónimo Ramos Martínez y de Rita Sucre Mora, quien era sobrina del Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre.
La casa de los Ramos Sucre es hoy en día el asiento de la Fundación José Antonio Ramos Sucre, que en homenaje al cumanés convoca una Bienal Literaria que lleva su nombre y que ha conferido el premio a un selecto grupo de literatos.
De Ramos Sucre es bueno aclarar que no tiene una obra extensa, pero sí intensa.
La vida sólo le permitió escribir La torre de Timón (1925), que a su vez incluye sus dos obras anteriores: Trizas de papel (1921) y Sobre las huellas de Humboldt, El cielo de esmalte (1929) y Las formas del fuego (1929). y por supuesto, escribió cientos de poemas, cartas y traducciones, que sabiamente la Biblioteca Ayacucho recoge en el libro "Obra Completa".
Notas
Hombre de carácter solitario e introvertido, se dedica al estudio y a la lectura, así como a su obra poética, pero su labor intelectual es seriamente perturbada por una enfermedad nerviosa que se manifiesta en un frecuente estado de insomnio.
1890
Primeros años
Aprende sus primeras letras en Cumaná en la escuela Don Jacinto Alarcón. En 1900 es enviado a Carúpano para ser educado por su padrino y tio paterno, el historiador y letrado, presbitero Jose Antonio Ramos Martinez, quien lo inicia en el latín y los libros.
1960
Rescate
Los escritores de los grupos Sardio y El techo de la ballena, rescatan su obra y la dan a conocer como una poesía que desafía la división rígida del género.
Ramos Sucre: La pasión por los orígenes
José Antonio Ramos Sucre nació el 9 de junio de 1890 en Cumaná, «esa idolatrada Jerusalén», como él mismo la llamó en uno de sus poemas iniciales. Casi no tuvo una infancia normal: Fue formado obsesivamente en estrictas disciplinas humanísticas, para las cuales estuvo especialmente dotado. En Caracas estudió leyes y, al término de su carrera, se desempeñó circunstancialmente como juez, por cierto, con sabiduría y rectitud. Desde muy joven se ganó la vida como profesor de Latín e Historia Universal en liceos y como traductor de diversas lenguas en la Cancillería venezolana. Este trabajo consumió muchas de sus energías físicas; lo cumplió siempre con el esmero y la tenacidad que le infundía su pasión intelectual, no obstante la fragilidad de su salud, sus crónicos insomnios y la concentración que le exigía su propia obra.
Publicó en 1921 Trizas de papel, libro quizá todavía un tanto indefinido e indeciso; y en 1923, una plaquette titulada Sobre las huellas de Humboldt, que calificó de «ensayo» y era, sin duda, algo más. En los seis años siguientes será cuando se dibuje el verdadero trazo de su obra. Corrige los escritos de su primer libro, retoma su «ensayo» sobre Humboldt y añade cincuenta nuevos textos, imponiéndole a todo ello un orden más vasto y significativo. Así nace en 1925 La torre de Timón, un libro que es ya lo que una conciencia poética requiere para darnos la impresión de un universo verbal con su propia trama de significaciones.
Las formas del fuego y El cielo de esmalte, ambos de 1929, amplían y matizan su visión; con ellos culmina también el inconfundible estilo de sus poemas en prosa. Ese genio de la concisión y de la síntesis, que le permite recrear épocas, personajes y aventuras de la historia como si estuviera -otra vez- fabulando y descifrando los emblemas del mundo. En efecto, la poesía de Ramos Sucre dramatiza y superpone (como «los agilitados caballos de Fidias»), la más versátil metáfora del hombre y sus civilizaciones, así como la fijeza, a veces trágica, de su destino.