¿Qué clase de gobierno desearíamos tener en Venezuela a partir del 7 de octubre próximo, habiendo pasado por la monarquía del Gobierno español, luego el salvajismo de los bárbaros caudillos del siglo 19, más tarde por las crueles dictaduras, el respiro de las democracias y el ya probado, luego de 13 años, gobierno de Chávez?.
En la Europa de los siglos 16 y 17, el poder cambiaba de manos con gran frecuencia acompañado por la devastación de las guerras correspondientes, civiles y religiosas, hasta que finalmente apareció el Estado moderno. Con Nicolás de Maquiavelo, autor de la obra El Príncipe, en 1513, se empieza a hablar de Estado, exponiendo lo que la política representa: Mantener el poder de cualquier manera.
Según Maquiavelo, el príncipe (gobernante) debe actuar como un ser malo, apartado de la moral y debe ser fuerte para garantizar la seguridad y la paz en el país.
Debe moverse en contra de lo que se considere correcto y para mantener el poder, deberá ir en contra de la fidelidad, misericordia, compasión y religión, de ser preciso. No deberá preocuparse por su discurso, ya que no es posible satisfacer a toda la población.
El gobernante debe saber que no será "amado" por todos y una de sus virtudes básicas será dominar el "arte del disimulo" y al actuar sin escrúpulos evitará que esto trascienda. En El Príncipe, Maquiavelo compara al gobernante con un zorro astuto y con un león que enseña su fiereza. Del mismo modo debe ser hipócrita, mentiroso, negar lo que ha dicho e incumplir su palabra. En el marco de la política de acuerdo con lo anterior, sólo se toman decisiones políticas que, aunque perversas, persiguen mantener el poder. Maquiavelo demostró cómo se puede impresionar al pueblo mediante engaño y disimulo y cómo funciona en realidad el poder.
Exploremos ahora la segunda parte del título de este tema. Escoltado por guardianes, el rey Carlos I de Inglaterra caminó por última vez una mañana de enero de 1641, al encuentro con el verdugo, quien mas tarde, hacha en mano, separó del tronco su necia cabeza.
Horrible descripción de la manera cómo acababa una forma de gobierno que tenía siglos de vigencia. Se demostraba que aunque fuese Rey, los gobernantes no eran inmunes al más despiadado castigo al fallar en su mandato. Igual ocurre en la actualidad y aunque el castigo no es el mismo aplicado a Carlos I, el Tribunal Internacional de La Haya se encarga de juzgar los crímenes de lesa humanidad que, dicho sea de paso, no prescriben.
En el caso de Carlos I, era la primera vez que sucedía siendo la monarquía reemplazada por el Parlamento. Este sistema permaneció durante 13 años. Un gran letrado llamado Thomas Hobbes, por entonces enseñaba matemáticas al hijo del descabezado (Carlos I) en París. Dicho profesor escribió uno de los libros políticos más importantes de la época inspirado en el Leviatán (salmo 74, 13-14 y 104,26; Isaías 27,1 y Job 41) que describe el Estado moderno.
Pensaba el autor que el hombre es un autómata, instintivo, carente de libre voluntad; es además competitivo, siempre buscando ventajas personales y que se enfrenta a otros en busca de beneficios.
Dice que para evitar el caos debería pactar un contrato social para traspasarle sus derechos y reivindicaciones a una instancia única: El Leviatán (monstruo con coyunturas, probablemente el cocodrilo del Nilo, según la Biblia). Todos deben someterse a su autoridad, dejando de poseer derechos y obligarse a su absoluta obediencia.
El poder del soberano (gobernante) sería entonces ilimitado y este no estaría obligado a complacer a sus súbditos (el pueblo). Esta tesis alarmó a los sectores políticos y religiosos del Parlamento que no apoyarían un gobierno absolutista tal y como lo planteaba Hobbes y además consideraban que el contrato social sería fatal.
Por su parte, los funcionarios religiosos lo consideraban ateo por calificar al hombre como un animal. La peste epidémica de Londres (1665) y el incendio (1666) fueron considerados un castigo de Dios por el blasfemo texto de Hobbes.
Continuará…