Definitivamente hemos salido del túnel electoral dentro del cual pretendían atraparnos engañosamente aquellos que no aceptan el pluralismo abierto y democrático de las ideas y acciones, con el aplastante y emotivo arrastre de la campaña electoral iniciada y continuada triunfalmente por el candidato de las mayorías nacionales encarnado en la figura de Henrique Capriles Radonski.
Sin embargo, yendo más allá del mecánico resultado de las estruendosas concentraciones populares adelantadas en más de cien poblaciones visitadas por el candidato aludido, la trascendencia de ellas radica en el significado político traducido en el entusiasmo frenético y espontáneo de los ciudadanos que a ellas acude, dejando atrás la indiferencia y el temor a sabiendas de que lo que está en juego el próximo 7 de octubre, es la propia salvación de la República.
Atrás ha quedado al descubierto la pérdida progresiva y irrecuperable de la tan cacareada popularidad de origen del candidato oficial, al punto de tener que verse en la necesidad existencial de recurrir al incremento de todos los medios ilícitos habidos y por haber para retener, acaso, una parte de su otrora caudal electoral.
Paralelamente emerge con solidez una disidencia creciente y perseverante imbuida en el convencimiento íntimo y práctico de que sólo en la unión del esfuerzo común está la posibilidad cierta de impedirle al país la continuación de la caída libre por el barranco del llamado socialismo del siglo XXI, que no es otra cosa que comunismo simple, como así lo afirmara el propio Fidel Castro.
En fin, podríase o debería mejor decirse, en concordancia con la gran verdad que flota en el ambiente, que el próximo evento electoral del 7 de octubre no deja margen para la indiferencia ni el embelesamiento, como sí para la más amplia reflexión individual y colectiva, que ahora corresponde asumir a cada uno de los venezolanos comprometidos con el destino de la Patria.
Así, pues, todos, absolutamente todos, dentro de la disidencia al régimen chavista somos responsables de lo que habrá de suceder, lo cual obliga moral y políticamente al grueso de la población desafecta al abuso y la arbitrariedad que rige los destinos del país a proseguir impertérrita hasta la conclusión definitiva de la ofensiva cívica del próximo 7 de octubre, en el entendido de que no por inmediata ha de resultar de fácil remate.
Lo que viene es lo definitivamente decisorio: O nos unimos alrededor de Henrique Capriles Radonski o nos hundimos; democracia o dictadura; venezolanización o cubanización. La sociedad civil venezolana, de cuya vocación democrática dan fe casi sesenta años de ejercicio democrático, está como siempre lo ha estado y seguirá estando, por el culto y devoción de dicho sistema de gobierno que, aunque no es perfecto, es el mejor.
Lo que por ahora ocurre es que a contrapelo de las prescripciones constitucionales y legales se pretenda condicionar a la sociedad civil mediante artimañas, mentiras, peroratas, persecuciones y sofismas, su libérrima participación en la escogencia de su destino.
Se equivocan aquellos que desde las alturas del poder así lo pretenden con el silencio cómplice de un CNE totalmente parcializado por el hegemón de Miraflores, porque ahora es cuando el país nacional está dispuesto a dar la gran pelea cívica el 7 de octubre próximo.
¡A la carga con Henrique Capriles, el candidato que sí va de frente y da la cara a pie, no por interpuestas personas y en carroza, como el candidato oficial¡