…Al cabo de escuchar varios ruidos extraños sobre aquel cajón, observó que entre una diminuta hendija que quedaba entre las ceñidas bisagras, empezaba a entrar arena, fue entonces cuando se entendió que lo estaban enterrando vivo.
Con los ojos cerrados para evitar la arena, Andrés sentía cómo aquellos granos entraban sutilmente, luego de que los tumultos caían sosegadamente sobre el ataúd, poco a poco empezó a escucharse más lejos el golpeteo de arena sobre la madera, a todas estas, no tardó mucho en darse cuenta de que le estaban cubriendo por completo.
¡Auxilio! ¡Hey! ¿Quién está allí? ¡Por favor no me dejen acá! Eran las palabras que desgarraba de su alma con un profundo sentido de frustración por saber perfectamente que el sonido quedaba hermético por la arena que ya servía como aislante acústico, de tal manera que ni el eco de cien campanas podía escucharse ya dentro del inhóspito lugar.
Débil y sin lágrimas que verter empezaba Andrés a caminar en el delicado borde de la incoherencia; reía, deliraba, se hablaba así mismo en un diálogo cacofónico que giraba en torno a su vida desperdiciada.
Ya el oxígeno se había agotado, pese a los golpes que Andrés le daba a la caja, a los gritos y a los múltiples intentos por ser escuchado, nada se podía hacer por salvar la vida de aquel muchacho…
En las instalaciones del cementerio, la lápida 324 se veía irregular, el viejo barrendero observaba que las bases de una vieja cruz que antes posaba firme sobre dicha piedra, ahora lucía removida. Hacía unos minutos que se había cubierto de nuevo con arena ya que los profanadores de tumbas solían hacer estragos en las noches, y habían desvalijado esa en específico.
- Estoy seguro que eso no estaba así, debieron meterse en la tumba y ultrajar las osamentas, deben ser pillos que merodean para molestar a los pobres “durmientes”- exclamó el anciano, presto a intervenir en el orden de aquella fosa.
Al instante que se inclinaba para levantar la cruz de palo que yacía torcida, notó que había un reloj marca Harry Winston fabricado en 1932 por un joyero neoyorquino, era plateado, y estaba incrustado entre la arena. – Esto si es suerte- dijo el señor, con creciente expectativa ante tal encuentro. Esos relojes son costosos y de seguro esperaba encontrar algo más si terminaba escarbando.
Con pala en mano, no tuvo que excavar mucho, la urna se encontraba a la espera de ser abierta. Así que con sumo cuidado, el experto bedel de aquel cementerio destapó el cajón profanado sin saber que encontraría una caja de pandoras. Desenroscadas las llaves, destapó la tapa de madera para ver que más había desparramado por aquellos delincuentes, para su sorpresa, el cadáver de un joven con la expresión aún fresca del terror parecía estar mirándolo, sus manos estaban aún sobre un techo desgarrado por las uñas, los ojos abiertos e inmóviles, a su lado había una botella de alcohol vacía, todo este proceso de reconocimiento duró unos diez segundos, pudo ser menos tiempo pero el nivel de sobriedad de aquel señor era mínimo.
Su mirada se quedó fija en la cara del joven, y con una exclamación sentida dijo, - ¿Andrés?, gritó con sumo desespero, tomándolo por los brazos y diciendo una y otra vez su nombre…
- Hijo porqué te quedaste ahí dentro, no puede ser, despierta, ¡despierta!- su voz no salía, al tratar de hacer despertar a su originario, quien la noche anterior había bebido hasta la embriaguez con su padre, mientras arreglaban juntos lapidas ultrajadas por los malhechores.
Andrés nunca pensó que ayudar a su viejo y cansado padre a arreglar dicho desastre, le costaría tan caro. Tanto afán se debía porque venía un grupo de la capital a supervisar el cementerio y habían exigido que las instalaciones estuviesen en su lugar. Ante el consumo de un par de botellas Andrés había caído embriagado en aquel sarcófago donde estaba trabajando, su padre se habría quedado dormido en su silla de vigilancia hasta el día siguiente. Al volver en sí el anciano, su hijo ya no estaba y al suponer que se había ido a casa, decidió rellenar aquellos huecos que quedaban pendientes, sin saber que dentro de uno de ellos su hijo suplicaba la vida de vuelta.
Fin